Recuerdo, como si fuese ayer, ese glorioso día en el que me follé a mi suegra. He de reconocer que la madre de mi novia, para tener 50 años, tenía un cuerpo para cantarle unas bulerías de Jerez. Siempre iba en mallas y los labios del coño se le marcaban como dos gomas Milan 403
Cuando iba a su casa se abría la camisa y dejaba ver los molletes de sus dos melones de villaconejos y se me ponía la polla como la pata de un perro envenenao. Mi suegra estaba más caliente que el tubo de escape de una Puch Cóndor. Un día me pidió subirle una bombona de butano
Abrió la puerta, me miró fijamente y con una sonrisita me dijo: "¿me la metes dentro? hasta el fondo", dejé la bombona en el suelo y me la llevé a la cocina, la puse de cara a la encimera y tras untarle un pegotón de Tulipán le empecé a meter pollazos como cajón que no cierra
Luego me dijo que quería "bechamel para las croquetas" y de rodillas empezó a darme un tremendo mamazo. Chupó con ansia, como si le fuesen a quitar de la boca el calippo de fresa, y la corrida le cayó por las estrías de esas tetas maduras forjadas por la maternidad de mi novia
Me dejó los cojones más secos que un bocadillo de polvorones y eso tuvo sus consecuencias, aquella tarde cuando fui a follarme a la hija el nabo se puso en modo funcionario y pidió el día de asuntos propios. Me dio más pena no volver a follarme a la madre que romper con la hija
Todo no se puede tener en esta vida y recordé lo que me decía mi abuelo:
"La piedra que mucho se mueve no agarra el moho y piedra sin moho no es piedra, es arena que se lleva el río".
Y la verdad es que yo no quería ser arena, era joven y todavía me quedaba un mundo por follar.
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