martes, 18 de agosto de 2026

Los tigres voladores

En 1941, un centenar de pilotos estadounidenses renunciaron a su uniforme, firmaron como empleados de una empresa fantasma china y se embarcaron rumbo a Asia para matar japoneses. Cobraban 500 dólares por avión derribado. Fueron los Tigres Voladores.

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El hombre detrás de todo era Claire Lee Chennault, un capitán del cuerpo aéreo del Ejército al que habían retirado por sordo y por discutir sin parar con sus superiores sobre tácticas de caza. Sus ideas no gustaban en Washington.

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En 1937 se marchó a China como asesor aéreo de Chiang Kai-shek y allí se pasó cuatro años estudiando al enemigo, apuntando las virtudes de los cazas japoneses, su agilidad y su agresividad, pero también sus defectos, poco blindaje y depósitos que ardían fácilmente.

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El problema era político. La aviación japonesa estaba arrasando China, pero EE.UU. seguía siendo oficialmente neutral y no podía enviar tropas. Roosevelt quería ayudar sin que se notara, así que la solución fue montar una farsa.

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En 1941, el presidente firmó una orden ejecutiva secreta que permitía reclutar aviadores y mecánicos en activo del Ejército, la Marina y los Marines. Se les autorizaba a renunciar a su puesto para irse a luchar a otro país.

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El reclutamiento lo hizo una tapadera, la Central Aircraft Manufacturing Company, una empresa que en realidad era una pantalla del Gobierno chino. Sobre el papel, aquellos hombres eran simples empleados civiles de una compañía privada.

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El sueldo era el gancho. Entre 600 y 750 dólares al mes, tres veces lo que ganaban en el ejército, más una prima de 500 dólares por cada avión japonés destruido. Sus críticos lo dijeron sin rodeos. Eran mercenarios.

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Volaban con aviones de segunda mano, cien Curtiss P-40, desviados de un pedido que iba destinado a Gran Bretaña. Eran cazas pesados y poco ágiles, claramente inferiores en maniobra a los japoneses. Ese era todo su material.

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Se instalaron en Birmania para entrenarse y proteger la carretera de Birmania, la única vía por la que llegaban suministros a una China cercada. Si esa carretera caía, China quedaba estrangulada.

La genialidad de Chennault fue táctica. Prohibió a sus pilotos entrar en combate giratorio con los japoneses, donde perdían siempre. Debían atacar desde arriba, saliendo del sol, disparar en picado y seguir bajando para escapar. Nunca dar la vuelta a pelear.

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También los obligó a volar siempre en parejas, uno atacando y otro cubriéndole la espalda, y montó una red de vigías chinos con teléfonos y radios repartidos por el territorio, que avisaban de los ataques mucho antes de que aparecieran en el cielo.

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Su imagen es historia de la aviación, las fauces de tiburón pintadas en el morro. Chennault la copió de una foto de un escuadrón británico en el norte de África, que a su vez la había copiado de los cazas alemanes. Se convirtió en el emblema más famoso de la guerra. 

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Su primer combate llegó el 20 de diciembre de 1941, doce días después de Pearl Harbor. Tras aquella acción sobre Kunming, los chinos les pusieron el nombre por el que pasarían a la historia, Fei Hu, los Tigres Voladores.

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Los resultados fueron demoledores. En apenas siete meses de combate se les acreditó la destrucción de unos 296 aviones japoneses, con la pérdida de solo unos catorce pilotos en combate aéreo. Una proporción que ningún otro grupo aliado igualó en toda la guerra. 

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Y lo hicieron en el peor momento posible. Mientras Japón arrasaba el Pacífico y las noticias eran una derrota tras otra, aquel puñado de tipos con aviones anticuados daba a Estados Unidos su única razón para celebrar algo.

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Su fama fue instantánea. Ya en 1942, con la unidad todavía en combate, Hollywood estrenó una película titulada Flying Tigers, protagonizada por John Wayne. Eran héroes nacionales antes incluso de volver a casa.

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El 4 de julio de 1942 los disolvieron. Ya con EE.UU. en guerra, la farsa sobraba, y la unidad se integró en el ejército regular. Solo cinco pilotos aceptaron quedarse, la mayoría, hartos de las presiones, prefirió volver a casa.

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De sus filas salieron leyendas. Gregory Pappy Boyington, uno de aquellos voluntarios, acabaría siendo uno de los ases más famosos de los Marines. Y Chennault, el hombre al que habían apartado por sordo, terminó al mando de toda una fuerza aérea en China.

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Su condición de civiles les pasó factura durante décadas, ya que al no haber sido soldados, sobre el papel no les correspondían honores ni prestaciones. Hubo que esperar a 1991, casi cincuenta años después, para que Estados Unidos les reconociera por fin la condición de veteranos

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Y, por supuesto, más de uno crecimos con cierta serie llamada "Las ovejas negras"


 

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