lunes, 15 de junio de 2026

LLEGARON LAS VACACIONES DE VERANO… DE LOS HIJOS


 

Ese momento mágico del año en el que los niños descansan… y los padres envejecen quince años en tres semanas.

Porque vamos a ver: durante el curso escolar tú te quejas. “Qué estrés, madrugar, preparar mochilas, los deberes, las extraescolares, los exámenes…” ¡Mentira! Eso no era estrés. Eso era Disneylandia con horarios. El verdadero Vietnam empieza el día que el niño entra por la puerta con la mochila arrastrando, el boletín de notas doblado como un pergamino medieval y una sonrisa diabólica diciendo: —¡Ya estoy de vacaciones! Y tú, que eres padre, madre o superviviente acreditado, notas cómo se te hiela la sangre.

Porque él está de vacaciones. Tú no. Tú sigues trabajando, pagando facturas, haciendo comida, poniendo lavadoras y preguntándote en qué momento la casa se convirtió en un campamento de refugiados con WiFi.

El primer día todo es precioso. —Qué bien, cariño, ahora descansamos todos un poquito. ¡Mentira podrida! A las diez de la mañana ya han desayunado tres veces, han vaciado la nevera, han dejado migas en sitios donde no hay gravedad y han dicho la frase oficial del verano: —Me aburro. ¿Que te aburres? ¡Pero si llevas libre cuarenta minutos, criatura! Yo de pequeño me aburría con una piedra, un palo y una tapa de yogur. Y si tenías una manguera, ya eras influencer del barrio. Ahora no.

Ahora tienen móvil, consola, tablet, televisión, plataformas, auriculares, internet, inteligencia artificial y aún así te miran desde el sofá como un emperador romano deprimido: —No sé qué hacer. ¡Pues respira manualmente, hijo mío! ¡Algo haremos! Y luego está el tema de los horarios.

Durante el curso no hay manera de levantarlos. —Cariño, despierta, que llegas tarde al colegio. Nada. Parece que estás intentando sacar a un oso de una cueva en enero. Pero llegan las vacaciones y a las siete y media de la mañana ya están de pie, frescos como lechugas, abriendo puertas, encendiendo luces, preguntando si hay churros y viendo vídeos a un volumen que despierta a los vecinos de Portugal. —Papá, ¿estás dormido? No, hijo. Estoy ensayando para mi funeral.

Y qué decir de la comida. En verano los hijos no comen: saquean. Tú haces la compra pensando en una semana. Ellos la interpretan como un aperitivo. Compras yogures, fruta, pan, galletas, leche, embutido, zumos… A las seis horas abres la nevera y solo queda medio limón, una aceituna triste y un tupper misterioso que nadie se atreve a tocar desde Semana Santa. Y preguntas: —¿Quién se ha comido todo? Silencio. Ese silencio familiar que significa: “Hemos sido todos, pero no vas a poder demostrarlo”. Y encima te dicen: —No hay nada para comer. ¿Cómo que no hay nada para comer? ¡Había comida para alimentar a una excursión de jubilados a Benidorm! Pero claro, no hay “nada” significa que no hay pizza, nuggets, helado o algo que venga en paquete con dibujos.

Luego están las piscinas, las playas y los planes. Porque claro, hay que entretenerlos. —Papá, vamos a la playa. Y tú vas. Cargas sombrilla, sillas, toallas, nevera, crema solar, palas, cubos, gafas, chanclas, pelota, bocadillos, agua, muda, más crema, otra toalla por si acaso y la dignidad colgando del cuello. Llegas a la arena sudando como un pollo, montas el campamento, clavas la sombrilla después de luchar contra el viento como si fueras espartano… Y a los diez minutos dicen: —Me quiero ir. Ahí es cuando entiendes por qué los documentales de naturaleza nunca muestran a los padres humanos en verano. Porque es demasiado violento.

Y la crema solar… Madre mía, la crema solar. Intentar echarle crema solar a un niño es como embadurnar una anguila con prisa. —¡No me toques! —¡Está fría! —¡Me pica! —¡Me has dado en el ojo! ¡Te he dado en el ojo porque te mueves como si estuvieras poseído por un demonio de Benidorm! Y luego, si se queman, la culpa es tuya. —Es que no me echaste bien. Claro. Perdona. La próxima vez te barnizo con rodillo industrial.

También llega la convivencia intensiva entre hermanos. Durante el curso se ven poco. En verano recuperan el tiempo perdido peleándose por absolutamente todo. Por el mando. Por el sofá. Por quién mira a quién. Por quién respira cerca de quién. Por una patata frita. Por un cargador. Por un sitio en el coche. Por una frase que uno dijo en 2017 y todavía escuece. —¡Mamá, me está mirando! Y tú piensas: “Yo antes tenía sueños. Ahora soy juez de paz en un conflicto armado de pasillo”.

Y el coche en verano es otra dimensión. Cinco minutos después de salir: —¿Cuánto falta? ¡Hijo, todavía estamos saliendo del garaje! —Tengo hambre. —Tengo sed. —Me mareo. —Me aburro. —Me está tocando. —No me está tocando, pero me molesta su energía. Su energía. Como si el hermano fuera una central nuclear emocional. Y tú conduciendo con la vena de la frente latiendo al ritmo de la canción del verano, pensando: “Este viaje familiar va a salir precioso en las fotos y carísimo en terapia”.

Pero cuidado, que también están los campamentos de verano. Ese invento maravilloso donde pagas para que tu hijo esté entretenido unas horas y tú recuperes brevemente la sensación de ser persona. Lo apuntas con ilusión: —Campamento de deporte, inglés, robótica, naturaleza… Y el niño vuelve el primer día diciendo: —No quiero ir más. ¡Pero si has estado tres horas y has pintado una piedra! Y tú: —Cariño, hay que socializar. Traducción: “Vas a ir porque ya lo he pagado y porque necesito sentarme ocho minutos sin que nadie me pida un batido”.

Y llega agosto. Agosto es cuando los padres ya no educan: sobreviven. En julio todavía dices: —No tanto móvil. En agosto dices: —¿Tiene batería? Perfecto. Bendita sea la tecnología. En julio preparas fruta cortada. En agosto dejas una sandía abierta y que se organicen como una tribu. En julio haces planes familiares. En agosto dices: —Hoy vamos a hacer una actividad muy bonita: cada uno en una habitación y nadie llama a nadie salvo incendio real.

Pero ojo, porque aunque las vacaciones de verano sean una locura, también tienen algo especial. Sí, lo tienen. Porque un día, entre gritos, migas, chanclas perdidas, toallas mojadas, helados derretidos y discusiones absurdas, los ves reírse. Los ves tirarse al agua. Los ves inventar juegos. Los ves quedarse dormidos en el sofá después de un día eterno. Los ves crecer. Y ahí se te ablanda un poco el corazón. Solo un poco. Porque justo cuando estás pensando: “Qué bonito es esto de tener hijos”… Aparece uno en la puerta y te dice: —Papá, se me ha caído el helado dentro del zapato. Y vuelves a la realidad.

Las vacaciones de verano de los hijos son eso: un festival de amor, caos, ruido, arena, nevera vacía, paciencia destruida y recuerdos que algún día echaremos de menos. Pero no hoy. Hoy no. Hoy lo que queremos es que llegue septiembre. Septiembre, ese mes sagrado. Ese mes bendito. Ese mes donde los padres entran en el colegio con una sonrisa contenida, dejando a los niños en la fila como quien entrega un paquete urgente. Y cuando el profesor dice: —Buenos días, chicos. Tú por dentro dices: —Que Dios te bendiga, héroe sin capa.

Porque sí, llegaron las vacaciones de verano de los hijos. Y ellos descansan. Nosotros no. Nosotros hacemos guardia. Con amor, sí. Pero guardia. Guardia 24 horas, sin plus de nocturnidad, sin convenio, sin vacaciones y con un niño preguntando cada diez minutos: —¿Qué vamos a hacer ahora? Pues sobrevivir, cariño. Sobrevivir.

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