Cuál es el pueblo más cruel de la Tierra Media? La mayoría dirá los orcos. Tolkien no estaría de acuerdo. Su respuesta es más oscura, y obliga a mirar a los que sí podían elegir.
Su regla moral era simple: a mayor libertad, mayor culpa. La crueldad de quien fue creado para servir al mal no pesa igual que la de quien lo eligió teniendo todo para elegir el bien.
Los orcos, escribió a Peter Hastings, eran seres preexistentes corrompidos por el Señor Oscuro, no creados por él. Bestias remodeladas. Su agencia era estrecha (Carta 153, 1954, a Peter Hastings).
Eso no los exculpa, pero los sitúa abajo en la jerarquía del mal. Por encima de ellos, los que sí eligieron. Y en lo más alto, una sola figura: Morgoth. La crueldad de Arda nace en Angband.
Allí Morgoth ató a Húrin a una silla de piedra en Thangorodrim. No para matarlo: para obligarlo a ver, con ojos malditos, la ruina de su familia durante años. La crueldad como espectáculo (Narn i Chîn Húrin, Unfinished Tales).
Cuando Morgoth cayó, Sauron heredó el oficio. Mordor es Angband con más burocracia y menos imaginación: Barad-dûr, Cirith Ungol, Minas Morgul.
Minas Morgul fue Minas Ithil, torre de la luna de Gondor. Sauron la tomó y la pudrió por dentro. Pero ni siquiera ahí está la peor crueldad de Arda.
La peor la cometen quienes pudieron elegir y eligieron mal. Y nadie cayó tan hondo como los Númenóreanos en su decadencia. Tolkien lo llamó la mayor catástrofe moral de los Hombres (Carta 131, 1951, a Milton Waldman).
Númenor fue el regalo de los Valar a los Hombres tras la Primera Edad: una isla, larga vida, sabiduría. Bajo Ar-Pharazôn, Sauron entró en la corte como prisionero y salió como consejero.
Convenció al rey de levantar un templo a Melkor en Armenelos. Enorme, plata por fuera, ennegrecido por dentro por el humo de los fuegos sagrados (Akallabêth, Silmarillion).
Allí se hacían sacrificios humanos. Los Fieles, los Númenóreanos que aún honraban a los Valar, eran arrastrados al altar y quemados vivos como ofrenda a Morgoth. En la isla más bendecida del mundo.
Esto es lo que Tolkien señalaba al hablar de los más crueles: no orcos hechos para serlo, sino herederos de Elros, sabios y longevos, eligiendo el sacrificio humano por miedo a la muerte (Carta 156, 1954, a Robert Murray).
Cuando Númenor se hundió, algunos sobrevivientes huyeron al sur. Los textos los llaman Númenóreanos Negros. De ellos vendrán los peores siervos de Sauron en la Tercera Edad.
La Boca de Sauron es uno. Un hombre que vivió tanto, sirvió tanto y se entregó tanto al Señor Oscuro que olvidó su propio nombre (El Retorno del Rey, libro V, cap. 10).
Otro es el Rey Brujo de Angmar. Un rey humano del sur que recibió uno de los Nueve. Tolkien lo describe como uno de los grandes hechiceros de su tiempo (Apéndice A, El Señor de los Anillos).
Como señor de Angmar lanzó una guerra paciente y silenciosa contra los reinos Dúnedain del norte. Arnor cayó. Fornost saqueada. Su pueblo, disperso. Un reino borrado del mapa por erosión.
Los Dunlendings fueron crueles con Rohan, pero su crueldad nace de un agravio: los Rohirrim ocuparon sus tierras. Víctimas convertidas en verdugos (Apéndice F, El Señor de los Anillos).
Y aquí Tolkien añade el giro más incómodo: los crueles no son solo Hombres y orcos. También los Elfos. Las tres Matanzas de Hermanos del Silmarillion son tres veces en que los Eldar mataron a los Eldar.
La primera, en Alqualondë: los Noldor de Fëanor robaron los barcos de los Teleri y los mataron en sus muelles. La Maldición de Mandos cayó sobre ellos (Quenta Silmarillion, cap. 9).
La segunda, en Doriath: los hijos de Fëanor entraron persiguiendo un Silmaril y redujeron el reino a cenizas. La tercera, en las Bocas del Sirion, contra refugiados que aún conservaban el joyel.
Tres veces los Elfos eligieron la espada contra los suyos, no por hambre ni por hechizo, sino por un juramento. Tolkien lo trabajó hasta el final de su vida: el juramento de Fëanor fue la herida que más tardó en sanar (Morgoth's Ring, HoME X).
El patrón se repite. Los más crueles no son los hechos para el mal, sino los que tuvieron luz y la cambiaron por sombra: Númenóreanos, Hijos de Fëanor, reyes que aceptaron Anillos.
Tolkien lo deja en boca de Elrond: nada es malo en su comienzo, ni siquiera Sauron lo era. El mal no crea, solo corrompe lo que pudo haber sido grande (La Comunidad del Anillo, libro II, cap. 2).
Por eso, en la jerarquía moral de Tolkien, los más crueles no son los que más sangre derraman, sino los que más perdieron al hacerlo. Los que pudieron ser luz y eligieron no serlo.
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